miércoles, octubre 13, 2004

EL OTRO DÍA SIN QUERER


El otro día sin querer, fue en la playa, así sin querer, planté mis pies en la orilla y empecé a beber por los talones. Así como lo oyen. Al principio pensé que era cosa del babeo de las olas, que se me habría pegado en la suela del pie como otras veces, pero no, porque en seguida noté como la saliva del mar subía sin más por mis piernas, como bocanada ligera, tobillo, pantorrilla, corva. Se atragantó un poco en las rodillas, pero en seguida remontó el río de venas que allí se enredaban y ascendió con rapidez por el muslo, acariciando ingles, y lo que no son inglés, la oí jadear y descansar en el ombligo. Un poco liviana un poco lasciva, al rato cogió fuerzas y se derramó por cintura, pechos, codos, nuca, lengua, hasta que la noté atracar en mis labios. Cansada y salada, pero fresca. La bebí ansiosa, sin reservas. Me resultó extraño porque me supo a mí. Y nadie me había dicho que supiera a berberecho, gazpacho y patera.

la mosquita

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