jueves, marzo 10, 2005

UNA ALEMANA EN LA COCINA

Una lata de cerveza descansa afligida en la mesa.
Ya no está fría. Es de noche. Y nadie la bebe, ya no hay ganas.
La cerveza piensa, que no es la clase de cocina que esperaba encotrar cuando aún en el supermercado, cuando firme junto a otras latas, cuando pensaba confiada que siendo de marca. Que alemana. Pero dan las tres de la madrugada. Y ya da igual. Así que mira al techo con la boca abierta y fantasea con unos labios que inundar, con el abrazo rotundo de unos dedos ansiosos. Firmes. Caníbales. Pulcros. Y se imagina plantando bigotes de espuma, vaciándose, recorriendo al otro, habitándolo.
y buf!
dice para sí la lata de cerveza mientras se le escapa un jadeo. Cada vez, más caliente.
y buf!

En el techo más bocas y escotes y vientres y dedos y lóbulos de oreja y un sin fin de chupar de dedos. Y tan excitada, que regresa la espuma y sobresaltada se zarandea, y más caliente, y más jadeos, y sin más, asciende propulsada por el deseo -de origen teutón sí, pero tan ardiente y salvaje como cualquier otro- hasta estamparse contra el cielo de la cocina. Y todo se vuelve hervidero. Y rubio. Y burbujas. Ya no hay lata de cerveza que descanse afligida en la mesa.
sólo cáscaras de hojalata, olor a tostadas, y un casi sol entrando por la ventana.

La mosquita
Dispuesta a beberse todas las cervezas ricas y agradables con las que se encuentre. Glu, glu, gluzzzz
Buscando "unos poquitos de anacardos".

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